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El Perro y el niño...

Al jugar mi perro con el ángel de su guarda: se quedó quieto un momento, las orejas levantadas, luego afianzó la muleta se apoyó sobre la tapia, y miró al niño, con una larga y antigua mirada. Y el perro mirando al niño, recordaba . . . recordaba . . .

Un día en una placeta, sed y hambre de semanas, un niño la mano en alto, un silbido , una pedrada y un golpe en su pata y sangre, sangre ya en su inútil pata.

El niño por un instante, miedo y mas miedo la cara, fría la carne y dudando, si aquella fija mirada, era olvido era perdón, o acusación o amenaza. Quedó inmóvil esperando, ladridos y dentelladas.

Pero los perros no saben de rencores ni venganzas. Por eso mi perro cojo, olvidando la pedrada, se echó atrás, tomó carrera, salvó de un salto la tapia, y agachando las orejas, y amansando la mirada y multiplicando mimos y abanicando palabras, con los ojos, con los dientes, con el rabo, con las patas, empezó a lamer la mano, inútil, seca, sin alma.

La lengua del perro fue para aquella mano lacia, como un reguero de vida, como un reguero de savia. Y el niño sintió, que gozo, que en la mano le brotaba, como un arroyo de vida, como un arroyo de savia y que los tendones muertos de pronto resucitaban.

Satisfecho del milagro, rabo alegre, orejas gachas, regresó el perro a su cielo, pura cojera de gracia.

El niño le dijo adiós. Y al despedirlo lloraba, abanicando en el aire, la mano resucitada.

Y el perro le dijo adiós, con la muleta de plata.

Autor: Manuel Benítez Carrasco

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