
Estuvo bien ese día. Íbamos un grupo numeroso, algo que siempre implica mayores posibilidades de cazar algún bocadillo sobrante o despistado.
Además, por ir tantos, el avance era mucho más lento que el habitual.
Yo creo que por ese motivo no volví a preocuparme en todo el día ya que te veía caminar tranquilo colándote entre los rosales silvestres, las polainas de las chicas — tú sí que sabes — y las ramas viejas de los pinos.
Te lo noté el último día que estuve en la Guillimona.
Era un día radiante de invierno, de sol plano y apenas viento. Hicimos el viaje juntos en el maletero del todo terreno y te advertí legañoso y cansado. Una vez que llegamos al Puerto del Pinar, con el primer contacto de la nieve, te pude ver sin embargo feliz y ansioso por orinar en todos los matojos y deslizarte pendiente abajo.
En la cumbre no buscaste bocado alguno y todo lo cazaba yo con mis ansias. Se levantó un viento fresco del sur que nos mantuvo en tensión por el aroma a cabra que venía del cortijo de los Mirabetes y así, sin apenas llegar a relajarnos, deshicimos el camino hacia los coches aprovechando la trinchera que antes habíamos excavado en la nieve.
Nos despedimos con el sol lamiendo las laderas del Calar Blanco y mirando con curiosidad como los coches se quedaban atascados en la nieve. Vimos afanarse a la gente con la tranquilidad de quienes no necesitan apenas nada para sobrevivir. Empañamos los cristales del vaho de nuestra respiración y así se fue nublando la visión que teníamos el uno del otro, tú en el todo terreno y yo en el turismo.
Ya no volveríamos a vernos.